Priest Testimonials

Victor Conrado - Priest Testimonial

Victor-Conrado-444x600-222x300.jpgLa vocación al sacerdocio no es algo a lo que me lanzo como individuo, sino como comunidad para hacer lo que Jesús hizo de una forma mas explicita: dar la bienvenida a todos y todas no importando su condición y juntos partir el pan de la eucaristía para luego regresar a las tareas diarias para hacer lo mismo con otras personas.

Esta vocación sacerdotal nació con mi familia, se alimento de las experiencias recibidas en America Latina y África y se esta madurando ahora en mi vida como esposo y papa acompañando a una congregación de la Parroquia de San Marcos de personas que se sientan aceptadas como son.

Al recordar los principios de mi vocación sacerdotal-misionera puedo ver claramente los muchos momentos en que mi mama y papa nos recordaban a estar en contacto con otras personas especialmente aquellas en necesidad en nuestra comunidad. Nosotros no lo teníamos todo pero mis padres nos recordaban de la importancia de compartir lo poco o mucho que teníamos con otros personas. Muchas veces me preguntaba de donde mama y papa encontraban este interés por otras personas y la respuesta venia de ese momento el domingo en que nos reuníamos como comunidad para celebrar la Santa Eucaristía. Ese momento se transformaba en la motivación para hacer lo que mama y papa hacían durante la semana.

Estas primeras experiencias me motivaron a integrar un grupo juvenil misionero en mi parroquia en donde nuestra tarea principal era la de visitar las veredas o pueblitos mas remotos para compartir con las personas que allí se encontraban la celebración Eucarística y luego la de quedarnos para ayudar a los niños y niñas en la escuela y la de visitar a las personas ancianas y a las que se encontraban pasando por necesidades. Yo encontraba estos momentos muy poderosos por que me invitaban a ver lo que el Señor podía hacer a través de cada uno de nosotros en las vidas de estas personas.

El sacerdote encargado de este grupo nos invito a algunos integrantes a explorar nuestro vocación de servicio a la comunidad y de vida cristiana ahora desde un grupo de discernimiento de la diócesis cercana. En ese momento no me sentí llamado a ser sacerdote de parroquia. Habían otras cosas que me llamaban la atención. Fue mas adelante cuando a través de mi hermana religiosa Ibeth, misionera de Santa Teresita, que pude ver la otra manera de ser sacerdote y misionero en lugares remotos y en donde había mucha necesidad. Fue ahí en donde comencé mi caminada a ser misionero de Yarumal. Entre en un proceso de formación que me permitió equiparme con las herramientas necesarias para encontrarme e insertarme en otras culturas. Siempre se nos invito al trabajo como fraternidades misioneras en las que los mas importante era el testimonio cristiano que pudieras dar. Tuve la gran alegría de ser formado en situaciones de inserción entre los pobres y con una gran comunidad como los Jesuitas que me abrieron al gran mundo de la preparación intelectual y espiritual para poder responder a los diferentes retos que enfrentábamos en nuestra labor de reevangelización en los tugurios de Kibera en Nairobi y luego en medio del semidesierto Samburu en el norte de Kenia.

Después de nueve anos de formación en todos estos ricos y diversos contextos de America Latina y África fui ordenado como diacono en diciembre del 2000 y como sacerdote en julio de 2001.

Al regresar a Kenia fui ser me ofreció la oportunidad de ejercer mi ministerio sacerdotal desde la casa de formación que teníamos en Nairobi cerca del tugurio de Kibera. Fue una gran experiencia en la que pude acompañar a otros jóvenes con el deseo de ser sacerdotes misioneros. Tuve el gran privilegio de acompañar a jóvenes de America Latina y África en su proceso de discernimiento. También pude ser acompañado por otros sacerdotes con los que compartía esta gran experiencia. Durante este tiempo me di cuenta de un modelo grande que presentábamos a los candidatos de perfección y de formación en donde en momentos se nos olvidaba la gran condición humana.

Después de esta experiencia fui elegido director regional de la congregación en Kenia. En este momento tuve la oportunidad de acompañar a sacerdotes, religiosas y de representar a la congregación misionera ante las autoridades eclesiales y civiles de ese país. Fue un total abrir de ojos para mi el poder ver el manejo interno de la iglesia como institución y ver su gran bondad y pecado. Pero aun mas el ver que lo mas importante para muchos era el ver a la institución florecer y no tanto a las personas, su identidad, su cultura que eran parte de ellas. En medio de todo esto comencé una gran lucha interior y exterior por identificar nuevamente mi vocación en medio de la iglesia universal.

En medio de toda esta búsqueda tome otra gran decisión en mi vida y después de siete anos como sacerdote y de once anos en Kenia decidí dejar el ejercicio de ministerio sacerdotal. Fue una decisión que tome siendo muy consciente de lo que dejaba y hacia donde quería ir. Algo que aparecía una y otra vez durante mi proceso de discernimiento era el hecho de que NO quería seguir siendo parte de algo en lo que no creía.

Gracias a Dios que me presento en mi camino a Lucia. Después de un tiempo de conocernos yo decidí radicarme en Chicago y el día 11 de octubre del 2008 contraje matrimonio con ella y comencé a redescubrir ahora con ella mi vocación, mi llamado en la vida. Lucia me invito a explorar nuestra vocación juntos en la iglesia episcopal y vimos como el mensaje era constante y consistente: La Iglesia Episcopal te de la Bienvenida. Caminando junto con una la congregación de la Parroquia de Atonement en Chicago pudimos ser recibidos oficialmente en la iglesia Episcopal en octubre del 2009. Viendo ejemplos de sacerdotes como Joy Rogers y John David van Dooren, Lucia me invito a considerar mi vocación como sacerdote y el 7 julio del 2011 fui recibido como sacerdote en el Diócesis de Chicago.

En estos momentos me encuentro trabajando como asociado para asuntos hispanos en la parroquia Episcopal de San Marcos en Glen Ellyn desde octubre del 2011. Este llamado a servir en esta parroquia se ha dado con una misión especifica de comenzar una cuarta eucaristía dominical pero en español. He sido una bendición muy grande el poder trabajar con los sacerdotes George Smith y Elizabeth Molitors y de contar con el gran apoyo de muchas personas que se han convencido de dar una bienvenida al otro u otra de forma radical. Mi experiencia en esta parroquia y en especial en esta experiencia de comenzar esta cuarta eucaristía me ha dado la oportunidad de poner en practica el dar la bienvenida a todas las personas no importando condición alguna. Sigo muy convencido que mi sacerdocio ha madurado y se ha hecho mas humano cada vez que veo el rostro alegre de alguien que se siempre aceptado o aceptada nuevamente en una congregación. Siento como esta bienvenida radical me hacer enfocar mis energías en la belleza de la compañía que Lucia mi esposa y David mi hijo me dan junto con las muchas bendiciones que me ha dado el Señor al restaurarme no únicamente al sacerdocio sino al sacerdocio de todo bautizado vivido desde el sacerdocio sacramental en la iglesia Episcopal.

The Rev. Victor Conrado

Associate Rector for Spanish-Language Ministries at St. Mark’s Episcopal Church, Glen Ellyn, IL

Donna Ialongo - Priest Testimony

Donna-Ialongo-200x300.jpgWhen I was about 10 or so, I often played “Mass” with my brothers. I used grape juice for wine and Necco Wafers (a sugary, host-shaped confection) for bread. My chasuble was two white bath towels, safety-pinned together and slipped over my head. My brothers were my altar boys as I stumbled through the Latin as best I could, and they did their best to respond. I was as serious about what I was doing then as I am now. But, it’s taken me an awful long time to get here.

In between my childhood Latin Mass and becoming Priest Associate at St. Barnabas in Glen Ellyn, I raised a child; I waited for a husband at risk in a war zone; I was a college professor; I worked in corporate America for a long time; I was an atheist for twenty-five years; I found my way back to God; I was laid off; and I cared for aging parents and watched them die. With God’s grace, I learned from my mistakes and took comfort over and over again from Jesus reminding all of us to “Consider the lilies.” I am finally grateful for all my experiences, but I am especially grateful for Jesus’ assurance that I am taken care of and all will be well.

Right now, I have a full-time job as a college dean; I also have a full-time job as a priest of the Episcopal Church. These two callings are inseparable. I am one of the many deacons and priests in this diocese whose primary source of income is not derived from parish work. We are often called “tentmakers” because that was St. Paul’s money-making occupation as he traveled from city to city spreading the Good News.

My college job reminds me every day of the words of Verna Dozier, that tireless champion of lay ministry. She said, “What happens on Sunday morning is not half so important as what happens on Monday morning.” Indeed, in businesses across the Chicago area, every day, Christians face ethical dilemmas. Some of our decisions may only affect our relationship with one person we work with; others may affect millions of people. Like physicians, all of us who work must promise, “First do no harm.” We must be open to the Holy Spirit working in our lives, helping us to discern righteous decisions. And because I have a secular job as well as my job as priest, I do my best to be present to those with whom I work—to pay attention to what is happening on Monday morning. They are my congregation although they probably don’t think of me as their priest. At work, I find I do a lot of listening and do my best to ask questions that will help my co-workers make life-giving decisions.

In the evenings and on the weekends, I do what I can to serve the people of St. Barnabas: presiding at Eucharist from time to time, preaching, teaching adult education, helping the congregation do strategic planning. Quite frequently, I minister at other churches on Sundays, filling in for priests who can’t preside that day. One of the best things about being a tentmaker priest is that I am able to focus on church activities which fit my gifts and give me joy.

We are all called to ministry: to discern what God is doing in the world and then join in. It is a glaring understatement to say that there are a great many more people available for that work outside our congregations than there are inside them. I choose to minister to those people Monday through Saturday, to be available to their needs, their questions, and their decisions.

The Rev. Dr. Donna Ialongo

Priest Associate, St. Barnabas Episcopal Church, Glen Ellyn IL

Dean of Institutional Research, Assessment, and Planning, Northwestern College

Dave Hedges - Priest Testimonial

frdave-226x300.jpgWhen I wandered into a church on Christmas Eve fifteen years ago, I had gone through a rough year. I had dropped out of college and shortly thereafter been fired from an exciting new job. Every idea I had had about what I ought to be up to in my life had failed to work. I was pretty sure that no one in any power or authority took me seriously, and looking back, I’m pretty sure that I wasn’t taking myself or my own life very seriously at that point either.

It had been over ten years since I had regularly attended church- my entire teenagerhood and more. I was twenty-two. And for some reason I could not explain, I wanted to go to church again. So beginning on Christmas Eve, I did. I kept going back until it became a habit. And what I noticed was that people took me seriously, not because I had achieved anything (which I had not) but simply because I had shown up. I also noticed that the world, which I had long since decided was meaningless, was now rich with meaning. The Scriptures and the Sacraments were alive and in front of my very eyes they drenched my world in significance and value and joy.

It wasn’t long before I realized I wanted to be as close as I could to the sacramental action on the altar. I began to serve as an Acolyte, and then as a Eucharistic Minister. The closer I got, the more I felt that I was being who I was in a way that I did not feel at any other time. The rest of the time, I wasn’t sure why I existed- but in the life of the Church I knew that I existed to praise and serve God. Soon, my Rector and others around me began to connect the dots for me, and help me articulate a call to the Priesthood.

I have been a priest for six years now, and Rector of a parish church for three. My work now is rooted in those same things I found when I first returned to church as a dazed and confused young adult. I strive in my work, week by week and year by year, to help connect people with the meaning and joy that are transmitted in Scripture and Sacrament. I try to help the parish I serve be a place in which people are taken seriously just for showing up, in the midst of a world which has profoundly different standards. When my work is at its best, I am able to be an instrument by which God connects people to the reality of why they exist. I have difficulty imagining myself doing any other kind of work.

The Rev. David Hedges, Rector

Saint Peter’s Church, Sycamore

secret